martes, agosto 01, 2017

¿su ciudad crece a los lados? ¿tiene transporte masivo? ... ¿sabe lo que le va a pasar? esto:


 
17 de abril 2017 , 07:29 a.m.
Sandra pasa cinco horas y 30 minutos de su día transportándose de su casa al trabajo y viceversa. Para eso tiene que recorrer 112 kilómetros desde Izcalli, en las afueras de Toluca, Estado de México, hasta avenida de las Palmas, en la delegación Miguel Hidalgo.

David también cruza la frontera con el Edomex y recorre de sur a norte la Ciudad de México, de Ajusco hasta Tultitlán, en la salida a Querétaro, lo que le toma cinco horas, en promedio.
Nayeli toma Metro, bus y taxi para llegar a su trabajo y luego para regresar a su casa. Su viaje desde el municipio de Ecatepec hasta El Pedregal, en la Ciudad de México, le quita cada día cinco horas con 20 minutos.

Izcóatl recorre 102 kilómetros al día, de este a oeste de la metrópoli. Sale a las 4:30 de la madrugada y hace hora y media de ida. Su regreso, a las 14 horas, lo hace en otra hora y media.

Estos cuatro ciudadanos pasan en el tráfico el equivalente a mes y medio durante el año, es decir, 45 de 365 días desplazándose.

En un buen día, Itzcóatl duerme cuatro horas en Santa Ana Tlacotenco, en Milpa Alta. Desde hace unos meses tiene problemas con el sueño. Y no es para menos, desde 2014 se levanta a las 3:30 de la madrugada para llegar a su trabajo a las 6 de la mañana, regresar a las 4 p. m. a su casa, y acostarse, en promedio, a las 11 de la noche.

Convive con su hijo de cuatro años apenas unos 20 minutos en la madrugada, cuando el niño se despierta por el ruido, y algunas horas en la tarde, cuando regresa del trabajo.

Itzcóatl limpia los pasillos de una escuela primaria en la delegación Cuajimalpa, en el extremo opuesto de su casa. Una madrugada se quedó dormido y salió a las 5:15 a. m. de su casa, lo que hizo que llegara a su trabajo cinco horas y media después.
Para un capitalino promedio, salir de su casa rumbo a la oficina y regresar a descansar implica un promedio de dos horas y media de su día, el equivalente a pasar casi un mes sobre algún transporte. En ese tiempo, una persona podría ver un mundial de futbol de corrido hasta las semifinales, o recorrer una tercera parte del mundo en globo. Residir en la capital de México es aprender a vivir en una congestión vial.

Cualquier viaje que se realice en Ciudad de México toma, en promedio –a cualquier hora del día–, un 58 por ciento más de tiempo de lo que tomaría si no hubiese tráfico.

Las delegaciones con el índice más alto de congestión, según la plataforma de movilidad Sin Tráfico, son: Iztapalapa, Magdalena Contreras y Cuauhtémoc. En el bimestre septiembre-octubre de 2016, un viaje que tomaría una hora en Iztapalapa tomó dos horas y media. Y en verano, la avenida Reforma tuvo 250 horas de calles cerradas; 10 días sin movimiento.
‘Más carros que niños’
Onésimo Flores, doctor en Urbanismo del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), explica que la CDMX tiene entre 300 y 400 autos por cada mil habitantes; y dado que los precios de los automóviles continúan bajando, “es fácil prever que esos 300-400 se van a convertir en 600 o 700 en una década, lo que implica que tendríamos que duplicar la cantidad de las vías” solo para estar como hoy.

Por cada niño recién nacido en la CDMX hay dos automóviles nuevos en el asfalto, según cifras de la Secretaría de Movilidad (Semovi) capitalina y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Entre 2015 y 2016, el tiempo de viaje promedio aumentó 5 por ciento, y a ese ritmo, dice Eugenio Riveroll, director de Sin Tráfico, “en cinco años las vías se saturarán al doble y la velocidad promedio de viaje bajará a la mitad”.

Y para completar, movilizarse no es nada barato. David Silva recorre 100 kilómetros al día, 500 a la semana, 2.000 al mes, 24.000 al año. Por cada uno de esos kilómetros paga 4,79 pesos mexicanos (675 pesos colombianos). Más de 100.000 pesos mexicanos al año entre gasolina y el uso de la autopista Urbana: unos 14 millones de pesos colombianos anuales.

Lo anterior equivale a seis años del actual salario mínimo en México. Y David lo puede hacer porque el costo de su transporte lo cubre la empresa en la que trabaja.

Una persona considerada de clase media por el Inegi gana entre 12.000 y 15.000 pesos mexicanos (entre 1,6 y 2,1 millones de pesos colombianos), y la misma persona gasta en transporte entre 30 y 40 por ciento de su sueldo.

Sandra paga 62 pesos al bus que la lleva de Toluca a la CDMX, cinco pesos del Metro, y cinco pesos del bus que toma en avenida Reforma para llegar a avenida de las Palmas: 144 pesos al día (20.250 pesos colombianos), 3.000 168 al mes (445.000 colombianos).

“Si no pensamos en términos de equidad, la Ciudad de México no tiene solución”, dice Roberto Eibenshutz, urbanista y académico de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

“Hay que intervenir el mercado del suelo en CDMX, el Gobierno tiene que controlarlo y coordinar opciones a la gente de menores recursos, que es la que está viviendo a dos o tres o cuatro horas de la ciudad. Esa gente está ahí no porque le guste, sino porque no tiene opciones que pueda pagar en la Ciudad”.

Un dato sumamente elocuente: en los últimos 30 años, la CDMX solo aumentó en 20.000 personas su población, mientras que la zona metropolitana del Valle de México lo hizo en 5 millones, revela Onésimo Flores, director de Conecta Cuatro, empresa de planeación urbanista.

“Tienes una dinámica de precios que está sacando a la gente pobre y de clase media-baja de la ciudad, sin estrategia de transporte que pueda llegar de forma eficaz a esas zonas periféricas”.


El primer trayecto que hacen las personas que vienen de la Zona Metropolitana del Valle de México a la CDMX se inicia caminando; el segundo, en microbús; el tercero, en Metrobús (TransMilenio) o en Metro. “En la zona central de la Ciudad, que es donde se concentran 45 por ciento de los viajes, y el último trayecto lo vuelven a hacer caminando o en taxi, justamente porque los sistemas masivos no están llegando a esa última milla”, explica Laura Ballesteros, subsecretaria de Planeación de la Semovi.
El caso de Nayeli
Nayeli Morales hace dos horas con 40 minutos de su trabajo en El Pedregal, al sur de la Ciudad. Toma un bus a las 8 p. m. frente a su trabajo, en Periférico, la principal arteria de la capital, llega al Metro Universidad, transborda en Metro Guerrero y de ahí llega hasta el Metro Ciudad Azteca, en el estado de México. Luego camina hasta llegar a un sitio de taxis. Toma taxi porque aunque su casa queda a menos de un kilómetro de la estación metro Ciudad Azteca, su familia le tiene prohibido volver a pie a su hogar. ¿La razón? En su calle ya hubo un asesinato, y hace poco clausuraron un inmueble que era usado por delincuentes como casa de seguridad.

Así las cosas, Nayeli llega casi a las 11 de la noche del trabajo, cena, prepara sus cosas para el otro día y se va a la cama.

Hace dos años rentó un apartamento a 25 minutos de su oficina en transporte público, pero al año tuvo que volver a casa de sus padres: no llegaba a fin de mes. “Hoy –dice– toca ser paciente”.
¿Cuál es la manera ideal de ir al trabajo? Lo mejor sería a pie o en bicicleta, sin duda. Y en transporte público, 45 minutos es tolerable.
En ciudades altamente planificadas como París, el 100 por ciento de la población tiene a un kilómetro de distancia una estación de transporte masivoPero en la CDMX, solo 32 por ciento de la población tiene una estación de Metro, Metrobús o Trolebús a esa distancia.

Así lo mapea Bernardo Baranda, del Instituto de Políticas para el Transporte y Desarrollo (ITDP) en México, quien, días después de la entrevista, preside una mesa de especialistas nacionales e internacionales sobre movilidad y ciudades amigables.

Michael Kodransky, gerente global de ITDP, dice: “Hacer cinco o seis horas al trabajo y de vuelta es casi la cantidad de horas que necesitas para dormir. Es un tiempo absurdo”.

El impacto de esto sobre la productividad (léase ‘la economía’), la salud y la calidad de vida en general es descomunal. Un estudio de una universidad en el norte de Suecia encontró que las personas a las que les tomaba más de 45 minutos llegar a su trabajo tenían un 40 por ciento mayor probabilidad de divorciarse que aquellas que gastaban menos de ese tiempo.

“En una ciudad de 23 millones como CDMX no hay una solución fácil”, comenta Ricardo Marinni, director del despacho de urbanismo Gehl Arquitects. “Pero hay que buscar colonias que puedan ser autosuficientes y mantener movimientos restringidos”, agrega.
Horarios escalonados
Otros hablan de la necesidad de flexibilizar los horarios de entrada y salida de empresas y centros educativos. Y hasta de impulsar el teletrabajo. Un estudio de Sin Tráfico arrojó que si las entradas de trabajo se hicieran escalonadas, es decir, se corrieran 60 minutos la entrada y salida de los empleados, se les devolvería entre siete y ocho días al año.

Para los expertos, parte de la clave está en tomar medidas que impidan fenómenos como el crecimiento demográfico casi negativo en la zona central de CDMX, mientras que el crecimiento de municipios del área metropolitana es exponencial, como los de Huehuetoca y Tecámac, que tienen una de las tasas de crecimiento poblacional anual más altas del país. Esto tiene que ver con políticas estatales, como un esquema de subsidios que facilitó la adquisición de vivienda propia, pero a costa de hacerlo en zonas alejadas, donde la tierra no valía nada, y sin que nadie se detuviera a pensar cómo se iba a movilizar eficientemente a toda esa gente.

Itzcóatl, Sandra, David y Nayeli no son solo algunos rostros de una problemática que afecta a millones. Y en pocos años, es probable que su vida sea aún peor.
Cualquiera de ellos puede contar a diario el tiempo que dura esta pesadilla en su reloj, pero puede que lleguemos al punto, como diría Julio Cortázar en La autopista del sur, en que ese aparato midiera otra cosa. Vivir en la Ciudad de México implica tener una medición del tiempo aparte.
El origen de un título que ninguna urbe quiere
Ciudad de México desplazó a Estambul como la ciudad con el peor tráfico del mundo en el 2016, según el estudio que cada año publica la firma TomTom, fabricante de GPS para carros.

El TomTom Traffic Index 2016 revela que los conductores –y pasajeros– de la capital mexicana suelen pasar un 59 por ciento de su tiempo de viaje retenidos en atascos de tráfico durante cualquier momento del día y a cualquier hora (en promedio), y hasta un 103 por ciento en los períodos de hora punta, en comparación con periodos de tráfico fluido, u horarios no congestionados.

Las franjas con mayores trancones son de 7:30 a. m. a 9 a. m y de 4 p. m. a 8 p. m.
Completando la lista de las cinco ciudades más congestionadas del mundo se encuentran Bangkok (57 %), Estambul (50 %), Río de Janeiro (47 %) y Moscú (44 %). El estudio se hizo con datos de 295 ciudades de 38 países en seis continentes, y la principal conclusión es que la congestión tiende a crecer a nivel mundial, registrando un aumento del 13 por ciento a nivel global desde el 2008.

Sin embargo, hay diferencias entre los continentes. Mientras que en América del Norte se ha incrementado un 17 por ciento, en Europa solo creció el 2.
ÍÑIGO ARREDONDO
EL UNIVERSAL (México) - GDA
Ciudad de México

martes, julio 11, 2017

texto carta navecones bancolombia exito

¿Y dónde están nuestros valores? ¿Cuál es nuestro aporte a una sociedad mejor?


Carta completa

¿Y dónde están nuestros valores? ¿Cuál es nuestro aporte a una sociedad mejor?

Quiero confesarles que hoy tengo un profundo pesar; hoy amanecí triste.
Esto que les voy a narrar pasó, desafortunadamente, en nuestra organización:
Un funcionario se ufanaba ante sus compañeros porque le había ‘metido un gol’ al ÉXITO. Esta persona ingresó a la página de internet de la cadena de almacenes, y dentro de las ofertas encontró un nevecón con un precio de 400 mil pesos… Se trataba de un error involuntario ya que el valor real del producto era de cerca de 4 millones de pesos. Inmediatamente, incitó a sus compañeros a que ‘aprovecharan esta situación’, que no fueran ‘bobos’, que compraran ‘así fuera para revender’. Ya sabían del error, y en medio de nuestra cultura de viveza y de sentirnos orgullosos de ser avispados, muchos de nuestros compañeros compraron nevecones.  El ÉXITO cumplió y perdió: a las casas de los funcionarios-compradores llegaron los electrodomésticos. A lo mejor están guardados, empacados, esperando ser revendidos.
Ante esta situación pregunto: ¿Les parece justo? ¿Acaso nosotros no debemos ser impecables en nuestro comportamiento dentro y fuera de nuestra organización? ¿Podemos hablar de valores cuando no los practicamos?
¿Qué trascendencia les damos a los valores? No es una pregunta limitada a los valores corporativos. Pregunto por los valores en la vida que, al final, son creencias compartidas y compartibles en todos los espacios: en la casa, en el trabajo, con los amigos, en nuestras diarias actuaciones.
Puede parecer un tema etéreo, pero es tan esencial que por eso me parece importante compartir esta reflexión con todos mis compañeros. Para ser más concretos, la pregunta que planteo es: al advertir el error de otro, ¿me aprovecho de la situación o apoyo la corrección?
¿Qué pasaría si fuera alguno de nosotros quien cometiera un error en el ofrecimiento de un producto? ¿Esperaríamos la comprensión y el apoyo de los clientes? ¿O veríamos como normal que se aprovecharan de nuestro error? Siempre tenemos que ponernos en los zapatos del otro. Ya lo dice el reconocido adagio popular: ‘no le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan’.
En estos días leí en nuestra Intranet corporativa un artículo que hacía referencia al inadecuado uso del concepto ‘malicia indígena’. Me alegró mucho ver que estos temas se estén abordando al interior de nuestra organización y el nivel de respuesta que este planteamiento originó. Me queda la sensación de que esas ‘vivezas’ pueden ser valoradas como una manifestación de corrupción que no podemos admitir.
Todos tenemos obligaciones legales y morales, y es fundamental establecer la importancia y complementariedad entre ellas. Puede ser que aprovechar el error del otro legalmente no tenga problemas porque el fallo no es mío. Pero ¿moralmente qué pasa? ¿En dónde quedan los valores que definen la obligación que tenemos de no aprovecharnos de los errores del otro?
Nosotros en el Grupo Bancolombia tenemos unos valores fundamentales: cercanía, respeto, calidez e inclusión. Pero es una elección que hicimos que no excluye el reconocimiento y aplicación de muchos otros preceptos de vida que nos ayudan a ser mejores, por ejemplo, la confianza. Siempre será fundamental entender y aplicar la diferencia entre la oportunidad y el oportunismo; todas nuestras actuaciones suman y en cada paso nos jugamos la confianza que los demás depositan en nosotros. Con cada una de nuestras acciones comprometemos nuestra reputación, nuestro nombre.
Invito a todos para que siempre seamos coherentes entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. Pero sobre todo, los invito a que aprovechemos este proceso de transformación hacia una banca más humana como una oportunidad para nuestras vidas: creemos valor a través de los valores.
Ojalá podamos, todos los días de nuestras vidas, mirar a nuestros hijos y seres queridos a sus ojos y poderles decir, con orgullo, que somos seres íntegros en toda la extensión del concepto. Porque la integridad no admite términos medios: se es o no se es.
Hoy amanecí triste y quise compartir las razones de este sentimiento con ustedes. Los invito a reflexionar, a pensar y a actuar con principios, con integridad: esto depende de cada uno de nosotros.

Originalmente publicada el 

2012/08/26 en http://ciberplural.blogspot.com.co/2012/08/texto-carta-navecones-bancolombia-exito.html

#Robotización #Desempleo #SigloXXII #ingresobásicouniversal


La humanidad va hacia un nuevo orden

Un ingreso básico universal sería la fórmula para evitar la ira de desempleados por la robotización.



11 de junio 2017 , 01:00 a.m. en http://www.eltiempo.com/tecnosfera/novedades-tecnologia/analisis-del-alcance-de-la-robotica-a-nivel-mundial-97606
A medida que el aprendizaje de las máquinas y la robótica mejoren en las próximas décadas, es probable que cientos de millones de empleos desaparezcan, causando perturbaciones a las economías y redes comerciales de todo el mundo. La Revolución Industrial creó la clase trabajadora urbana, y gran parte de la historia social y política del siglo XX giró en torno a los problemas de esta. Del mismo modo, la revolución de la inteligencia artificial (IA) podría crear una nueva ‘clase sin trabajo’, cuyos miedos y esperanzas conformarán la historia del siglo XXI.
Los modelos sociales y económicos que hemos heredado del siglo pasado son inadecuados para enfrentar esta nueva era. Por ejemplo: el socialismo suponía que la clase obrera era decisiva para la economía, y los pensadores socialistas trataron de enseñarle al proletariado cómo traducir su poder económico en influencia política. Esas enseñanzas podrían llegar a ser irrelevantes en las próximas décadas, en la medida en que las masas pierdan su valor económico.

Algunos podrían argumentar que el ‘brexit’ y la victoria presidencial de Donald Trump muestran una trayectoria contraria. En 2016, muchos británicos y estadounidenses que habían perdido su utilidad económica, pero conservaron algún poder político, usaron las urnas para rebelarse antes de que fuera demasiado tarde. Pero no se rebelan contra una élite económica que los explota, sino contra una élite económica que ya no los necesita. Es mucho más aterrador ser inútil que ser explotado.

Con el fin de hacer frente a esas perturbaciones tecnológicas y económicas sin precedentes, probablemente necesitemos modelos completamente nuevos. Uno que está ganando creciente atención es el ingreso básico universal. El IBU sugiere que alguna institución –probablemente un Estado– gravará a los multimillonarios y corporaciones que controlan los algoritmos y los robots, y usará el dinero para proporcionar a cada persona un estipendio que cubra sus necesidades básicas. La esperanza es que eso dará a los pobres una amortiguación contra la pérdida del trabajo al tiempo que protegerá a los ricos de la rabia popular.

No todo el mundo está de acuerdo en que hará falta el IBU. El temor a que la automatización genere un desempleo masivo se remonta al siglo XIX, y hasta ahora nunca se ha materializado. En el siglo XX, por cada trabajo perdido a manos de un tractor o de una computadora se creó por lo menos un nuevo empleo, y en el siglo XXI la automatización viene causando hasta ahora pérdidas moderadas de puestos de trabajo. Sin embargo, hay buenas razones para pensar que esta vez es diferente: el aprendizaje de las máquinas realmente marca un antes y un después.

Los seres humanos tienen básicamente dos tipos de habilidades: físicas y cognitivas. En el pasado, aunque las máquinas competían con los humanos principalmente en las capacidades físicas, estos conservaban una enorme ventaja cognitiva. Pero ahora, la IA está empezando a superar a los humanos en cada vez más habilidades.

Por supuesto, en el siglo XXI se desarrollarán nuevos trabajos humanos, ya sea en la ingeniería informática o en la enseñanza de yoga. Estos exigirán, sin embargo, altos niveles de conocimiento experto y de creatividad, por lo que cual no resolverán los problemas de los trabajadores desempleados no calificados.
El antes y el ahora
Durante las anteriores oleadas de automatización, la gente normalmente podía cambiar de un trabajo de baja calificación a otro. En 1920, un trabajador rural despedido por la mecanización de la agricultura podía encontrar un nuevo empleo en una fábrica de tractores. En 1980, un trabajador fabril desempleado podía comenzar a trabajar como cajero de un banco o un supermercado. Cambios que fueron factibles porque el paso de la granja a la fábrica y de la fábrica al supermercado requirió sí una nueva capacitación, pero limitada.

Sin embargo, en el 2040, un cajero o un obrero textil que pierdan su empleo a manos de una máquina difícilmente podrán trabajar como ingeniero en ‘software’ o profesor de yoga. No tendrán las habilidades necesarias.

Los partidarios del IBU esperan resolver ese problema liberando de las preocupaciones económicas a los desocupados, que podrían simplemente olvidarse del trabajo, y dedicarse a sus familias, aficiones y actividades comunitarias y encontrar sentido en los deportes, las artes, etc.

Pero la fórmula del ingreso básico universal tiene sus problemas. Para comenzar, ¿qué es universal? Si bien Elon Musk (cofundador de PayPal y Tesla) dijo que “hay una buena posibilidad de que terminemos con un ingreso básico universal (...) debido a la automatización”, y el expresidente Barack Obama señaló que “si un ingreso universal es el modelo adecuado (...) es un debate que tendremos en los próximos 10 o 20 años”, no está claro de quién se está hablando. ¿Del pueblo estadounidense? ¿De la raza humana?

Hasta ahora, todas las iniciativas de IBU han sido estrictamente nacionales o municipales. En enero, Finlandia inició un experimento de dos años, proporcionando a 2.000 finlandeses desempleados 630 dólares al mes, independientemente de si encuentran trabajo o no. Proyectos similares están en curso en Ontario, en Holanda y en Livorno (Italia). El año pasado, Suiza celebró un referéndum sobre la institución de un plan nacional de ingreso básico, pero los votantes lo rechazaron.
El problema de esos planes nacionales y municipales, sin embargo, es que las principales víctimas de la automatización pueden no residir en Finlandia, Holanda o en EE. UU. La globalización ha hecho que la gente de un país dependa de mercados de otros países, pero la automatización podría desanudar grandes porciones de esta red mundial con consecuencias desastrosas para los eslabones más débiles.

En el siglo XX, los países en desarrollo experimentaron avances en sus economías principalmente mediante la exportación de materias primas o la venta de la mano de obra barata. Hoy, millones de personas de Bangladés se ganan la vida produciendo camisas que luego se venden a compradores en Estados Unidos, mientras que gente de Bangalore (India) se gana la vida contestando las quejas de clientes estadounidenses.

Sin embargo, con el aumento de la IA, los robots y las impresoras 3D, la mano de obra barata será mucho menos importante, y la demanda de materias primas también podría caer. En lugar de fabricar una camisa en Dhaka y enviarla a Nueva York, se podría comprar ‘online’ el código de la camisa a Amazon e imprimirlo en Manhattan. Las tiendas Zara y Prada podrían ser reemplazadas por centros de impresión tridimensionales, y algunas personas hasta podrían tener estas impresoras en su casa.

Al mismo tiempo, en vez de llamar a los servicios de atención al cliente en Bangalore para quejarse de su impresora, uno podría hablar con una forma de IA en Google Cloud.

Los nuevos trabajadores desempleados y los operadores de ‘call centers’ de Dhaka y Bangalore no tienen la formación necesaria para pasar a diseñar camisas de moda o escribir códigos de computador, así que ¿cómo van a sobrevivir?

En ese escenario, los ingresos que antes fluían hacia el sur ahora llenarán las arcas de unos cuantos gigantes tecnológicos en California, lo que provocará una enorme presión sobre las economías en desarrollo.

Los votantes estadounidenses posiblemente estarían de acuerdo en que los impuestos pagados por Amazon.com Inc. se usen para dar estipendios a los mineros de carbón desempleados de Pensilvania y los taxistas sin trabajo de Nueva York. Sin embargo, ¿alguien piensa que los votantes de los EE. UU. también estarían de acuerdo en que parte de esos impuestos deberían ser enviados a Bangladés para cubrir las necesidades básicas de las masas desempleadas allí?
Otra dificultad importante es que no hay una definición aceptada de necesidades “básicas”. Desde una perspectiva puramente biológica, lo único que un ‘Homo sapiens’ necesita para sobrevivir son unas 2.500 calorías por día. Pero más allá de esta línea de pobreza biológica, cada cultura en la historia ha definido necesidades básicas adicionales, que cambian con el tiempo.

En la Europa medieval, el acceso a los servicios de la iglesia se consideraba aún más importante que la comida, porque con ella cuidaba del alma, eterna; no el cuerpo, efímero. En la actualidad, en Europa la educación y los servicios de salud decentes se consideran necesidades humanas básicas, y algunos sostienen que hasta el acceso a internet es ahora esencial para todo hombre, mujer y niño.

De modo que, si en 2050 el Gobierno Unido del Mundo acepta imponer impuestos a Google, Amazon, Baidu Inc. y Tencent con el fin de proporcionar un ingreso básico para cada ser humano en la Tierra, desde Dhaka a Detroit, ¿cómo definirá “básico”?

Por ejemplo, ¿el ingreso básico universal cubrirá la educación? Y si es así, ¿qué comprenderían esos servicios: solo leer y escribir o también componer códigos informáticos? ¿Sólo la escuela o todo, hasta el doctorado?
¿Y qué pasa con el cuidado de la salud? Si para el año 2050 los avances médicos hacen posible desacelerar los procesos de envejecimiento y ampliar significativamente la vida humana, ¿habrá acceso a los nuevos tratamientos para los 10.000 millones de seres humanos del planeta o solo para unos pocos multimillonarios? Si la biotecnología permite a los padres ‘mejorar’ a sus hijos, ¿se consideraría eso una necesidad humana básica, o veríamos a la humanidad dividirse en diferentes castas biológicas, con ricos superhumanos con capacidades que superan con mucho las del ‘Homo sapiens’ pobre?
Una desigualdad creciente
Una vez que se definan las necesidades humanas básicas que deberán suministrarse a todos de forma gratuita, vendrán feroces competencias sociales y políticas por lo no básico, ya sean vehículos de lujo de conducción autónoma, acceso a parques de realidad virtual o cuerpos mejorados con bioingeniería.

Pero como las masas desempleadas no tendrán activos económicos, es difícil ver cómo podrían esperar obtener tales lujos. En consecuencia, la brecha entre los ricos (los gerentes de Tencent y accionistas de Google) y los pobres (los dependientes del ingreso básico universal) podría volverse más grande que nunca.

Por lo tanto, aun cuando el ingreso básico universal signifique que las personas pobres del 2050 gozarán de una mejor atención médica y educación, puede que sientan que el sistema solo sirve a los superricos y que el futuro será aun peor para ellos.

La gente suele compararse con sus contemporáneos más afortunados, no con sus antepasados. Si en 2017 se le dice a un estadounidense pobre de un barrio pauperizado de Detroit que tiene acceso a un mejor cuidado de la salud que sus bisabuelos en la era previa a los antibióticos, es poco probable que eso lo anime. “¿Por qué debo compararme con los campesinos del siglo XIX?”, podría replicar esa persona. “Quiero vivir como la gente rica que aparece en la televisión, o por lo menos como la gente de los suburbios pudientes”.

Del mismo modo, si en el 2050 se le dice a la clase inútil que goza de una mejor atención de la salud que en 2017, le serviría de poco consuelo, porque se estaría comparando con los superhumanos mejorados que dominarían el mundo.

Los sistemas modernos de comunicación hacen esas comparaciones casi inevitables. Un hombre que vivía en un villorrio de hace 5.000 años se medía contra los otros 50 hombres de la aldea. Comparado con ellos, probablemente se vería muy bien. Pero hoy un hombre que vive en un pueblito se compara con los 50 muchachos más hermosos del planeta, a quienes ve todos los días en la televisión, en pantallas y en carteleras. Es probable que nuestro aldeano moderno esté mucho menos feliz con la forma en que se ve. ¿El ingreso básico universal incluirá cirugía plástica para todos?

El ‘Homo sapiens’ no está hecho solo para la satisfacción. La felicidad humana depende menos de condiciones objetivas y más de nuestras propias expectativas. Sin embargo, las expectativas tienden a adaptarse a las condiciones. Cuando las cosas mejoran, las expectativas crecen y, en consecuencia, hasta una mejora espectacular de las condiciones podría dejarnos tan insatisfechos como antes.

Si el ingreso básico universal tiene como propósito mejorar las condiciones objetivas de la persona promedio en 2050, tiene una razonable posibilidad de lograrlo. Pero si apunta a que la gente esté subjetivamente más satisfecha con su suerte con el fin de prevenir el descontento social, probablemente no la tenga.

YUVAL NOAH HARARI
Historiador y escritor israelí, profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
© Project Syndicate
Jerusalén

lunes, julio 03, 2017

#Drogas #Drogadicción #Marihuana #Heroina #Extasis #Cocaina

Unas 250 millones de personas consumieron drogas en el 2015

 
25 de junio 2017 , 12:00 a.m. en http://www.eltiempo.com/mundo/eeuu-y-canada/informe-de-consumo-mundial-de-drogas-de-la-onu-para-2015-102452 
El 5 por ciento de la población mundial consumió algún tipo de droga en el 2015, lo que supone alrededor de 250 millones de personas, y al menos 190.000 murieron ese año por causas directas relacionadas con los estupefacientes, informó la ONU.

El Informe Mundial sobre Drogas de la ONU muestra especial preocupación por la situación de 29,5 millones de personas que padecen trastornos graves por el consumo de drogas, incluida la drogodependencia, y que son los más vulnerables. Solo una de cada seis personas que requiere tratamiento por estos trastornos recibe asistencia, la mayoría en los países desarrollados, señala el reporte elaborado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Onudd).
El número de consumidores de drogas se mantiene estable desde hace cinco años, pero los responsables del informe advierten que el mercado de las drogas se está diversificando con la aparición de nuevas sustancias más potentes y peligrosas. “Ha aumentado la situación de riesgo para la salud por la diversificación y la potencia de nuevas sustancias”, explicó Ángela Me, coordinadora del informe. 

La experta puso como ejemplo el fentanilo, un analgésico en polvo que es hasta 50 veces más potente que la heroína y que ha causado numerosas sobredosis en EE. UU. en los últimos años. 

El cannabis es la droga más consumida, con 183 millones de usuarios en 2015, pero los opioides, entre ellos la heroína, siguen siendo las sustancias más nocivas y las que más muertes causa.

“El consumo de opioides está asociado al riesgo de sobredosis fatales y no fatales, al riesgo de contraer enfermedades infecciosas (como el VIH y la hepatitis C) debido a la práctica peligrosa de consumo de drogas por inyección”, señala el informe. 

El director de la Onudd, Yuri Fedotov, señala en el informe que “a nivel mundial se registran al menos unos 190.000 fallecimientos prematuros –en la mayoría de los casos, evitables– provocados por las drogas, mayormente imputables al consumo de opioides”. 

Las estimaciones del informe sobre fallecimientos son muy conservadoras, como ha reconocido la propia ONU, si se tiene en cuenta que solo en EE. UU. hubo 52.400 muertes por sobredosis en el 2015.

Alrededor de 35 millones de personas consumen opiáceos (sustancias que proceden de la amapola, como la heroína o la morfina) u opioides (sustancias químicas de efecto análogo, como la metadona). 

Este grupo de drogas, según el informe, “representaron el 70 por ciento de los impactos negativos para la salud asociados con trastornos por consumo de drogas en todo el mundo”. En una situación especialmente arriesgada están los 12 millones de personas que se inyectan opioides como la heroína. 

De ellos, “uno de cada ocho (1,6 millones) está viviendo con VIH y más de la mitad (6,1 millones) con hepatitis C, mientras que alrededor de 1,3 millones sufren tanto hepatitis C como VIH”.

“En general, muere el triple de personas que consumen drogas a causa de la hepatitis C (222.000) que de VIH (60.000)”, explica el reporte.

EFE

¿Por qué tanta #corrupción en #Colombia?: una respuesta sociológica Imprimir

Eduardo LindarteNo es un problema reciente ni se reduce a la política. La corrupción tiene raíces hondas en nuestra forma de organización social, en nuestra historia, nuestra geografía y en el grado precario de desarrollo moral que ellas conllevan. Pero existen remedios.

Eduardo Lindarte*
Universidad Manizales

Extendida y persistente

Odebrecht, Reficar, los comedores escolares, Interbolsa, la Guajira, el cartel de los pañales, el carrusel, Estraval, Córdoba…. La lista de casos de corrupción en Colombia parece interminable. ¿Qué está pasando?
La extensión y persistencia de las prácticas corruptas en Colombia demuestran que no se trata de un fenómeno ocasional y aislado, ni que es exclusivo de la política, sino que estamos ante tendencias profundamente arraigadas en la cultura que afectan los códigos morales más profundos.
La primera reacción ante este alud de corrupción es poner en entredicho la eficacia de los organismos de control y del sistema judicial. Pero aunque el papel de estas instituciones es muy importante, hay que notar que su actuación tiene ciertos límites y se reduce a los hechos cumplidos: estas entidades no hacen mucho en la prevención y poco o nada a la hora de combatir las raíces sociales del problema.
A estas últimas me propongo dirigir la atención en este artículo.

Los niveles de la moral

“La listas de casos de corrupción parecen interminables en nuestros días.”
“La listas de casos de corrupción parecen interminables en nuestros días.” 
Foto:  Observatorio, Transparencia y Corrupción
Empecemos por entender las etapas del desarrollo moral, que consiste en avanzar de una concepción centrada en el interés personal hacia el reconocimiento cada vez más extenso de  los derechos ajenos. En los estudios sobre psicología infantil (especialmente en los textos ya clásicos de Jean Piaget o de  Lawrence Kohlbert) se han identificado varios niveles o fases sucesivas en el proceso de construcción moral:
  • En la fase o bajo la orientación egocéntrica yo y lo mío son lo central.
  • En el nivel etnocéntrico los grupos a los cuales pertenezco y con los cuales me identifico pasan a ser el foco referencial: la familia, la comunidad local o el país como un todo (por ejemplo, en el nacionalismo).
  • Bajo la orientación mundo-céntrica, toda la humanidad constituye mi foco de referencia, y
  • En el plano cosmo-céntrico mi orientación se extiende a todos los seres vivos.
El proceso de desarrollo moral es acumulativo, o sea que el reconocimiento de los derechos se va ampliando sin excluir los referentes anteriores. Pero no todos los niños ni en todas las culturas se completa el proceso, de modo que la moralidad de muchas personas adultas corresponde a las etapas iniciales.
Los estratos altos y medio-altos son los mayores agentes de la corrupción en Colombia.
Los niveles superiores de esta escala —mundo y cosmo-céntricos— son esenciales para fundamentar una moral genuinamente interesada por los temas ambientales. Y en el nivel etnocéntrico el individuo necesita al menos abordar al país como un todo para fundamentar una moralidad genuinamente preocupada por la corrupción.
Aquí es donde está el problema: muy pocas personas alcanzan el nivel etnocéntrico ampliado. Es decir, a pocos les importa el país como un todo. Veamos por qué.

País dividido

Para empezar consideremos el origen de nuestra estructura social. Esta proviene de la conquista española, la cual entronizó una jerarquía de castas fundamentadas en la pureza racial durante más de tres siglos. La Independencia, auspiciada por los criollos blancos, llevó a la abolición formal de las castas pero no acabó las prácticas sociales de exclusión o discriminación por razones de sangre.  
Esto implicó la persistencia de sistemas de relaciones de dependencia personal, lo cual ha impedido el desarrollo de una solidaridad nacional democrática, elemento esencial para una moral colectiva genuina. Más bien, la solidaridad se ha ejercido dentro de redes familiares y de clientelismo, que son muy limitadas.
La otra cara de la moneda ha sido el elitismo que dicha jerarquía entraña y que implica un sentido de privilegio o de no estar sometido a reglas o límites. Por eso se han acuñado  refranes como “las leyes son para los de ruana”. Esto es importante porque los estratos altos y medio-altos son los mayores agentes de la corrupción en Colombia. Desde luego, se encuentra la criminalidad más abierta en los estratos inferiores, pero esta nace en parte de las dificultades de acceso a las oportunidades económicas.
El tránsito hacia una economía de mercado, que se dio en el país mientras se mantenía la estructura anterior, significó la creciente intensificación de un nuevo criterio de éxito: el económico. La individualización que conllevaba esta visión de éxito se ha traducido en el  abandono progresivo de los valores tradicionales que daban prioridad a la lealtad y a la obediencia. Esta erosión de valores implicó el regreso desde niveles etnocéntricos más amplios a unos menos amplios, hasta llegar al nivel puramente egocéntrico.
Por otra parte, la conformación física del país (compuesta por regiones separadas, heterogéneas y con precarias vías de comunicación) dio lugar a una nación fragmentada en donde los “otros” no están articulados con el centro. Por ejemplo, en lo simbólico, apenas hacia 1920 el país tuvo oficialmente un himno nacional. Y tampoco contribuyó a la integración la persistencia del conflicto armado.
Ligado a lo anterior aparece la ausencia de un Estado con la fortaleza suficiente para garantizar el reinado de la ley y la responsabilidad política de los elegidos (especialmente en la periferia). Tal como lo han mostrado, entre otros, los trabajos de Fernán González Alejandro Reyes y Francisco Gutiérrez, lo que ha existido históricamente es un acomodo entre élites nacionales, regionales y locales: las primeras conceden a las segundas un amplio grado de autonomía a cambio de su respaldo.
Esta fragmentación mina por completo la independencia y efectividad de las escasas y débiles instituciones nacionales, estimula el clientelismo y permite la corrupción. Por ejemplo, muy recientemente el presidente de la Cámara Colombiana de la Infraestructura, Juan Martín Caicedo, habló de este fenómeno con referencia a la adjudicación y realización de obras.
Por otra parte, el limitado crecimiento económico del país y la concentración de sus beneficios han significado niveles de apenas subsistencia para la mayoría de colombianos. Como ha explicado el sicólogo Abraham Maslow, esta precariedad en las condiciones de vida obliga a concentrar la atención en satisfacer las necesidades más básicas, pero no permite pensar en los niveles superiores, donde se fundamentan la moralidad y la solidaridad.

¿Se puede hacer algo?

El más reciente caso de corrupción en el país, la empresa Odebrecht.
El más reciente caso de corrupción en el país, la empresa Odebrecht.  
Foto: Wikimedia Commons
Sin duda los grandes cambios sociales del último siglo han incidido sobre los patrones de  la moralidad, y en algunos contextos o sentidos han ayudado a crear nuevas solidaridades unificadoras o integradoras. Por ejemplo, la concentración demográfica en centros urbanos, la industrialización, el cambio tecnológico, la generalización de la educación y el desarrollo de los medios de comunicación (hasta llegar a Internet). A esto se suman la expansión demográfica y el rejuvenecimiento de la población.
El Estado es percibido como un botín, una fuente de la cual hay que aprovecharse si la oportunidad lo permite. 
Todo esto constituye el fundamento de una nueva esfera de opinión pública crecientemente crítica, cuya presencia e impacto se muestra en la cada vez mayor censura popular no solamente a la corrupción y criminalidad sino al irrespeto de los derechos fundamentales, de género y animales, entre otros.
No obstante, la mayoría de colombianos viven todavía marcados por relaciones de dependencia personal, en condiciones no muy alejadas de la subsistencia y con solidaridades ancladas primariamente en redes familiares extendidas, lo cual inhibe el desarrollo de una moral universal. Solamente el crecimiento de una clase media próspera, segura e independiente puede llevar a fortalecer la capacidad moral.
La intensificación mundial del capitalismo neoliberal viene imponiendo modos de vida caracterizados por la primacía del consumo, el cual tiene un referente esencialmente privado e individual que erosiona los valores y las solidaridades más amplias. En tal sentido, el capitalismo actual auspicia una regresión a identidades ancladas en lo egocéntrico. Lo mismo hacen las tendencias de concentración del ingreso y de la riqueza, especialmente fuertes en países como Colombia.
Esta situación refleja la gran dificultad para interiorizar las normas de equidad en sociedades permeadas por la injusticia. Las dificultades de una moral incluyente se reflejan, por ejemplo, en el escaso rechazo de los condenados y señalados por corrupción en sus comunidades. Esto se manifiesta asimismo en la tranquilidad con la cual estos hacen despliegue público de sus riquezas.
En ausencia de una moral de base amplia, el Estado es percibido como un botín, una fuente de la cual hay que aprovecharse si la oportunidad lo permite. Y tampoco el sector privado escapa a tendencias similares. Sin duda, las dificultades para acceder a canales alternativos de movilidad social pesan en este problema, como también pesa el anhelo desbordado de riqueza fácil y rápida.
Mientras no entendamos, reconozcamos y actuemos frente a estas raíces sociales y psicológicas de la corrupción, difícilmente habrá avances sostenibles en su contención. Desde luego, mejorar la actuación de las autoridades de sanción y prevención es muy importante. Pero es fundamental construir una moralidad ciudadana más amplia a través de enfoques de formación inteligentes con didácticas apropiadas para todas las dimensiones involucradas: socio-económicas, cognitivas, emocionales y valorativas.

* Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad Autónoma de Manizales. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.
** Economista de la Universidad Nacional, M.A en Sociología de Kansas State University, Ph.D. en Sociología de la Universidad de Wisconsin,  docente y consultor a comienzos de la vida profesional, técnico y consultor de organismos internacionales en el medio, y actualmente docente y coordinador del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Manizales.